10 marzo, 2013

Caí

Caí en las trampas de la vida y me dejé engañar por cada actor que cruzaba por mi camino.


Caí de cara en un mundo oscuro,
donde todo era risa y llanto,
imágenes irreales y cantos...
y de donde no muchos salen victoriosos.

Caí en mares gigantes de nostalgia,
extrañando hasta el más mínimo error del pasado.

Caí en tantos cuerpos, tantas veces que ya hasta olvidé porqué los rechazaba y no me quedó otra opción que empezar a amarlos.
Caí en las batallas más raras, y luché con todas mis fuerzas por algo que desconocía... 
Y luego no me importó irme sin descubrirlo.

Caí en una gran cama de mentiras y todo era felicidad...
Sólo ahí pude descansar de tantas caídas.

Caí en los brazos más lindos que haya conocido,
y me dejé mecer por meses. 
Luego tuve que continuar mi descenso.

Caí bajo la sombra de un tipo, recogí unos centavos y me puse de pie.

Pero la peor caída de todas fue cuando sentí que mis piernas no podrían levantarme,
caí sobre un pequeño charco de lodo y caras.
Grité,
lloré,
incluso negocié con un coyote... 
pero continuaba sobre el piso inmóvil.

Realicé movimientos bruscos y pude avanzar,
anduve de rodillas por un tiempo y luego me levanté.
Estoy de pie... pero como todos, en algún momento volveré a caer.

Paredes

Los seres humanos nos caracterizamos por nuestra complejidad, nuestro razonamiento práctico y muchas veces por nuestro egoísmo. 

El proceso de descubrimiento suele ser muy doloroso, 
implica el desprendimiento de las paredes que nos protegen. 

Todos sabemos lo que le pasa a nuestros ojos cuando rompemos paredes. 

Vernos ahí, con el núcleo al descubierto... tan pequeños y frágiles, 
en un ambiente húmedo y oscuro que nos lleva al pasado, 
en un viaje directo al útero materno. 
Tenemos miedo de  darnos cuenta que nos hemos enamorado de la herramienta que ha fragmentado nuestras paredes. 

Es allí donde se reproduce automáticamente el video de nuestra infancia y empezamos a identificar a aquellos fantasmas que transitan por nuestra vida, 
esos fantasmas que suelen tomar nuestra cama o nuestras manos como su escenario de apariciones constantes. 


Los reconocemos, identificamos e intentamos sanar nuestros conflictos. 
Nos repetimos una y otra vez el discurso de aceptación, 
y si pudiésemos hablarnos al oído nos diríamos que todo resultó como lo planeamos, 
que todo estará bien pronto. 

Nuestro núcleo funciona también como semilla germinadora, 
esto lo descubrimos cuando ya no queda una sola capa protectora que nos aísle de nuestra realidad, 
cuando aceptamos que el ser como somos no implica sólo ser parte de una sociedad, 
sino ser el inicio de algo más. 

Y luego de todo ese doloroso proceso al final logramos comprender que todos tenemos derecho a ser un nuevo tipo de humano, porque humanos nuevos nacen cada día.

Final

Yace sobre las sábanas rosas un cuerpo nuevo y diminuto, 
perfecto para sumergirlo en el fango de las miserias. 
Atravesaron su tráquea una y otra vez con un antiguo micrófono, 
un tiempo después parió más de mil doscientas palabras en una confesión. 

Intenté salvarla, 
pero prefirió dejarse matar por las manos de la vida siguiendo sus propias indicaciones desacertadas.

Veo a su madre maquillar cada mañana sus cicatrices y heridas frescas, 
evade las piedras de su sendero... 
le basta con su pedazo de lodo para tropezar y hundirse hasta no poder respirar. 

La abrazo sin que lo note mientras cientos de luciérnagas iluminan sus desgracias para que vea bien y tome la mejor decisión sobre qué mierda debe pisar ahora.


Al final ese es el único paso que no podemos evitar.

En su cielo brillan siete estrellas y se dibujan cuatro planetas, 
pero son sus patas de cabra lo que la guían. 
Penetra catéteres en sus alas para sentir cómo el viento la traspasa, 
tiene una bolsa de cuero donde guarda colores y sonrisas para cuando necesite maldecir a alguien vivo. 
Cada vez que puede consume caramelos de yerba santa y exhala arcoiris en la cara de los transeúntes que anonadados la ven pasar acabada, pero sin lágrimas adornando su rostro.

Yo lloro por ella.

Paso días enteros con sus noches vigilándola, sus muñecas no resisten más y ahora pretende inyectarse ideas nuevas. La levanto del cielo y trato de impulsarla, como si estuviese enseñándole a cabalgar un unicornio, pero no se deja. 
Me patea con sus pezuñas y me escupe ácido. 
Es una completa aberración rodeada de ángeles y dioses.

He escrito dos libros con su infierno, he narrado las veces que abría su museo sólo para satisfacer a los demonios mientras ella le cantaba a la Pachamama, 
cuando no dejaba de inhalar los saleros de los restaurantes en los suburbios del purgatorio, cuando le daba nalgadas a la muerte sólo para correr a esconderse entre cadáveres,
eso le hacía sonreír la espalda,
cuando resbalaba por el pecho de la tentación disfrutando cada espina que se enterraba entre sus dedos, 
cuando se adornaba de santos para ir a visitar al diablo.

Colecciona cuerpos descalzos, les arranca la cabeza y las guarda en su gran vagina, cose las lenguas sobre la suya, se tatúa orejas para que su cuerpo pueda escuchar lo que ella no, se obliga a crecer y no acepta que sigue envuelta en las sábanas rosas.

Entretengo a la muerte cada vez que tengo una oportunidad, me cuelgo de algún edificio sepia y muevo las nubes grises para adornar un poco el ambiente, como le gusta.
Pero los huesos saben que deben ser enterrados antes de que sus huevos germinen las semillas de esperanza. Va rayando las paredes con sus uñas, se ha cansado de ser migaja y busca evolucionar a una hija de puta.



El final feliz es inevitable.

26 diciembre, 2012

Ateo

"Dio su primer paso en la tarde y Mauricio, su padre, no dejaba de sonreír..."

La sombra del sujeto extraño se aferra a las paredes de ladrillos e intenta desaparecer en cada esquina iluminada, como si estuviese huyendo de algo que no soporta más. 
Su larga cabellera negra lo hace ver peligroso y sus tatuajes combinan con las palabras soeces que entran a sus oídos y carcomen sus recuerdos de la infancia.

Va silbando una canción mientras que sus ojos gritan que esta vez el viaje sí es bueno, 
ha pasado ya tres noches hablando con los desconocidos 
y siempre repite que no merece el perdón, 
que su única diosa es la noche 
porque cada día le da una oportunidad nueva.

Yo soy ateo, 
repite cuando le preguntan por Jesús.
Yo soy ateo... no creo en el infierno ni en el cielo; 
el karma es mi justiciero, todo se paga en vida. 

Con un par de palabras suele dejar en estado de coma a las mentes ortodoxas, 
sabe exactamente cual es el truco de la muerte 
y lo que debe hacer para evitar cualquier señal de salvación.

Camina sobre las nubes y es amable con todos... incluso con él. 
Castiga en la esquina de la habitación a lo que queda de su consciente para romper la tranquilidad virginal de la religión de su madre y penetrar salvajemente más de tres veces continuas para ser escuchado.
No es capaz de lastimar a ningún animal, 
pero lleva una lista larga en forma de estrella guindando de su cuello con los nombres de las personas que han muerto gracias a él. 
No se arrepiente.

Cada mañana se enfrenta, 
con los ojos cansados, 
a los gritos bíblicos de su abuela.

Asegura que la muerte es la silueta de una bella mujer corriendo semidesnuda en un campo, una mujer que sonríe y mira hacia atrás mientras corre contra el viento pidiendo ser perseguida... prometiendo el placer inimaginable de la carne y la felicidad eterna.
Por eso no le teme y trata de asegurar, a su manera, el encuentro con aquella indescriptible sombra.